El último día que permanecí Río Cauto (15 de Agosto de 1978) no se lo deseo a nadie. Aún horas antes del viaje, mis ojos llenos de lágrimas, con mi alma toda rota, como si agonizara, yo albergaba esperanza de alguna milagrosa reflexión o de algún hecho que impidiera mi salida en aquel auto, pero no ocurrió... ¡Nada... a mis mayores les dio igual, me hicieron caso omiso, no les importaron mis gritos de dolor, mi desesperación no les tocó el alma, cuánta incomprensión reinó a mi alrededor en ese terrible momento que no podré jamás!
Mis gritos eran desgarrantes, mi dolor era verdaderamente fuerte, me dolía todo, me temblaban hasta los pelos, ¡¿cómo era posible que no reaccionaran a mi favor quienes más yo creía que me amaban!? No me resulta posible comprender sus actitudes egoístas. He crecido preguntándome qué había hecho yo para merecer tan duro castigo? Aunque no dejé de amarlos, después de aquella dura experiencia, ya nada fue igual, ellos me fallaron, ¡y de qué manera... destrozaron mi vida!
Entre otras cosas que no mermaron en mí estuviero, mi cariño inmenso por mis dos sobrinas, mis niñas del alma, Yusi y Suri, además de mi tío Lalo, y la familia política que más amor me ha brinddado. El resto de mi familia en Río Cauto, ajena a aquella catástrofe siempre contará con mi cariño y respeto sinceros.
Ya en La Habana, mi reencuentro con mi querida amiga Idania, que fue muy reconfortante. Mis primos, vecinos y amiguitos de mi querido barrio Colón, de Centro Habana. Ellos eran todo encanto, intentaban sacarme sonrisas, pero poco conseguían. Yo sentía que cada día moría un poco más. Como siempre había mucha gente en mi casa, me refugiaba en el lugar que más adoré de mi Habana: mi malecón hermoso, allí eea donde mejor estaba, nadie interrumpía mis pensamientos, nadie interrumpía las horas que anhelaba para tener a mi amado Guille abrazándome y besándome, nadie desataba aquel nudo de amor tan fuerte, nadie me apartaba de él, el mar aplaudía con el ruido de sus olas encantadoras, su brisa no secaba mis lágrimas, sus rocas no pinchaba para deshacer mi más grande deseo de estar junto al único ser que me llenaba de vida. El mar era el único respetuoso acompañante que yo tenía. Allí siempre pasaba mis horas pensando en los seres que me arrancaron, preguntándome y una y otra vez "¿qué estarían haciendo en cada momento?".
Llegan mis primeras citas con neurölogos, psiquitras y otros especialistas de salud mental. Comencé a padecer todo tipo de trastornos, desde 30 días menstruando hasta los dolores más negros de cabeza, de corazón y de alma. Empezaron mis ingresos en aquel hospital de Boyeros, donde los más encantadores psicólogos daban todo por ayudar, pero muy poco conseguirían; ¡ni siquiera yo lograba 2 días con la alegría que siempre me caracterizaba!
Mi 9° grado transcurrió entre lágrimas, notas bajas, buenos compañeros, alguno que otro día de playa y de conciertos de mis Van Van, mi mejor bálsamo, pero siempre con Guille en mi mente, sentirlo a él perennemente era lo que mantenía los latidos de mi corazón; el tiempo pasaba y mi amor por él seguía intacto. Nunca cambié el nombre de mi más grande amor, su nombre y sus inciales aparecían en todos mis cuadernos, me han acompañado cada día de mi vida: G.R.M. Los amigos que se reían de extrema y atípica fidelidad le pusieron 'Romeo', decían que yo les recordaba esa obra de la literatura universal, ROMEO Y JULIETA, jeje...!!
Empecé a molestarme por las constantes insistencias de algunos para cortar mis sentimientos, me hacían daño, ¡mucho daño, uff... era terrible soportar el capricho de quienes deseaban que yo les correspondiera a cualquier precio, fueron duras experiencias! Entonces comencé a usar esta frase, para que no me destrozaran mi material de estudios: "GRANDE-ROMÁNTICO-MARAVILLOSO", eran palabras que describían mi amor y comenzaban con las iniciales de mi amado Guillermo Ramírez Milán. Nunca nacerá nadie que pueda cambiar mi gran amor, porque siempre será "eterna y guillemente Grande, Romántico y Maravilloso" (G.R.M.)

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