El estar lejos de mi gran amor me pesaba ya mucho más que la ausencia de mi madre. Seguía sin entender la manera en que mos mayores se de sentían con lo que me pasaba. Mi vida era cada día más oscura, pero lo interesante de todo esto, era notar como otros eran felices con mi presencia, como se esmeraban planificando salidas, celebraciones, etc. Me sorprendía escuchar con frecuencia a varias personas expresar lo feliz que estaban mi abuela y mi tía con mi regreso, cuando al mismo tiempo significaban sobre lo triste que me notaban. No podía concebir que nadie supiera que lo único que yo deseaba era recuperar la cercanía y contacto con mi gran amor G. R.M. Sólo él y su familia daban sentido a mi vida.
Entonces comienzo a hacer salidas sola, y me refugiaba en las rocas de aquel malecón habanero, allí sólo escuchaba el ruido de las olas, nadie me hablaba, nadie me interrumpía cuando pensaba en él, cuando recordaba sus besos, cuando quería soñarlo despierta. Nunca hubo nada ni nadie que cambiara aquello, yo no lo permitía, mi corazón, mi alma, mi vida le pertenecía.

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